AMENAZA ROBOTO
La carrera por los centros de datos pone a prueba la soberanía digital de Uruguay
El gobierno uruguayo desarrolló una estrategia para captar nuevas inversiones en centros de datos y busca posicionar al país frente a otros destinos de la región. Cuihong Cai, vicedirectora del Centro de Gobernanza Global Innovadora de Inteligencia Artificial de la Universidad de Fudan, una de las universidades más prestigiosas de China, sostiene que estas infraestructuras pueden aportar inversión, conectividad y aprendizaje tecnológico. Pero advierte que, si un Estado pequeño no acompaña su llegada con políticas para desarrollar capacidades propias, puede profundizar su dependencia y perder gradualmente el control práctico sobre partes de su ecosistema digital.
Claves
El gobierno uruguayo quiere que se instalen más centros de datos en el país.
Inversiones
El secretario de Presidencia, Alejandro Sánchez, dijo en Yunta que se deben captar “cuatro o cinco en este período”.
En obras
La búsqueda de inversiones ocurre mientras Google termina de construir en el Proyecto Teros, su primer centro de datos de hiperescala en Uruguay, y Antel amplía su propia infraestructura.
Investigaciones
Amenaza Roboto investigó durante 2026 qué implica materialmente ese crecimiento en El calor detrás de la nube y Los vecinos de Google.
Los centros de datos son la infraestructura física que sostiene gran parte de la vida digital, desde los servicios en la nube hasta las aplicaciones de inteligencia artificial. Pero esa infraestructura tiene una huella material: consume grandes cantidades de energía, genera calor y ruido y, cuando depende de generadores diésel, puede deteriorar la calidad del aire. Esos efectos adquieren otra dimensión cuando varios centros se concentran en una misma zona y sus impactos se acumulan sobre las comunidades vecinas.

Para países de la escala de Uruguay, esas dos dimensiones —la ambiental y la tecnológica— están estrechamente vinculadas. La llegada de más centros de datos plantea preguntas sobre el consumo de recursos y los impactos locales, pero también sobre la capacidad del Estado para controlar la infraestructura, los datos y el desarrollo tecnológico de los que depende una parte creciente de su economía y de sus servicios.

La asimetría es considerable: las empresas que construyen y operan esta infraestructura cuentan con recursos, conocimientos y una escala que superan ampliamente los de muchas instituciones nacionales.

Para analizar qué implica esa relación, Amenaza Roboto dialogó con Cuihong Cai, profesora de Relaciones Internacionales del Centro de Estudios Americanos de la Universidad de Fudan y vicedirectora de su Centro de Gobernanza Global Innovadora de Inteligencia Artificial.

La Universidad de Fudan ocupa el puesto 26 en el QS World University Rankings 2027. Cai estudia las relaciones entre China y Estados Unidos, la seguridad de la información, la gobernanza del ciberespacio, la ciberpolítica y las relaciones internacionales. Es autora de Cyber Governance in China: Balancing State Centrism and Collaborative Dynamics (Routledge, 2025), Global Cyber Governance (Fudan University Press, 2024) y Cyber Politics in U.S.-China Relations.
¿Qué puede ocurrir con la infraestructura digital crítica de un Estado pequeño cuando llega una instalación privada de hiperescala mucho mayor? ¿Es ese un problema de gobernanza, de soberanía o de ambos?

De ambos. En el plano de la gobernanza, la cuestión tiene que ver con la coordinación regulatoria y la previsión de las políticas públicas: los gobiernos deben evaluar no solo los proyectos individuales, sino también su impacto sistémico sobre la infraestructura digital nacional.

Sin embargo, en un nivel más profundo, también es una cuestión de soberanía digital. Los centros de datos nacionales suelen cumplir funciones que van más allá de la lógica del mercado: sostienen servicios gubernamentales, el almacenamiento de datos públicos y el control estratégico sobre los flujos de información.

Si la capacidad operativa de estas instituciones se ve debilitada indirectamente por la llegada de infraestructuras privadas mucho mayores, especialmente aquellas operadas por empresas tecnológicas globales, el Estado puede perder gradualmente el control práctico sobre partes de su ecosistema digital.

Para los Estados más pequeños, con reservas limitadas de talento técnico, esta asimetría estructural se vuelve aún más pronunciada.

En su trabajo describe cómo los países en desarrollo corren el riesgo de quedar atrapados en trayectorias de dependencia tecnológica. ¿Alojar infraestructura extranjera de las Big Tech acelera o desacelera esa dependencia?

La respuesta no es puramente negativa o positiva: depende de cómo esa infraestructura se integre en las estrategias nacionales de desarrollo.
Alojar instalaciones de hiperescala puede traer inversión, conectividad y acceso a ecosistemas digitales globales. En algunos casos, incluso puede acelerar el aprendizaje tecnológico.

Sin embargo, si el sistema de innovación doméstico sigue siendo débil, la presencia de infraestructura extranjera de las Big Tech puede reforzar la dependencia en lugar de reducirla.

Los centros de datos no son únicamente infraestructura física; también son nodos dentro de arquitecturas globales de nube, inteligencia artificial y gobernanza de datos.

Sin políticas que desarrollen capacidades locales —como formar ingenieros, apoyar servicios de nube nacionales o garantizar un acceso equitativo a recursos de cómputo—, la trayectoria tecnológica de un país puede quedar cada vez más moldeada por plataformas externas.

Cuando un Estado regula a un gigante tecnológico extranjero y, al mismo tiempo, opera infraestructura que compite con él, ¿cómo debería ser una buena gobernanza? ¿Es posible gestionar esa tensión?

Este tipo de tensión es cada vez más común en la economía digital.
Una buena gobernanza exige que el Estado desempeñe simultáneamente dos papeles: el de regulador y el de actor estratégico responsable de proteger la infraestructura digital nacional.

Para gestionar esto de manera efectiva son esenciales la transparencia y la coordinación entre distintas áreas de política pública. La planificación de infraestructura, la política de competencia, la gobernanza de datos y las consideraciones de seguridad nacional no deberían evaluarse de manera aislada.

Particularmente en los países más pequeños, el desafío central consiste en garantizar que la capacidad regulatoria avance al mismo ritmo que la escala y la influencia de las empresas tecnológicas globales.

La tensión puede gestionarse, pero exige un diseño institucional proactivo y planificación de largo plazo.

¿Cómo explicaría a una audiencia general por qué un centro de datos operado por el Estado es categóricamente distinto de uno privado y por qué el deterioro de esa capacidad es más difícil de revertir que una pérdida en un balance contable?

Un centro de datos operado por el Estado no es simplemente un activo comercial; forma parte de la infraestructura pública digital de un país.

Aloja servicios gubernamentales sensibles, bases de datos nacionales y, en algunos casos, sistemas críticos de comunicación. La experiencia, el conocimiento institucional y los equipos técnicos que sostienen esas instalaciones también son activos estratégicos.

Si esas capacidades se deterioran —por ejemplo, debido a la migración de talento o a una dependencia de largo plazo de plataformas externas—, reconstruirlas puede llevar muchos años.

Un centro de datos privado, en cambio, está organizado principalmente en torno a la eficiencia del mercado y al valor para sus accionistas. La pérdida de participación de mercado muchas veces puede compensarse mediante nuevas inversiones o una reestructuración.

Pero reconstruir infraestructura digital soberana implica reconstruir capacidad institucional, capital humano y autonomía tecnológica, algo mucho más complejo.
Las respuestas expresan el punto de vista personal de Cuihong Cai.