Mientras este trabajo estaba en curso, en marzo de 2026 se publicó el primer
estudio que relaciona centros de datos con islas de calor (Marinoni et al., “The data heat island effect”, arXiv). Se trata de un “preprint” (una versión preliminar difundida antes de pasar por la revisión por pares) que reportó un aumento promedio de 2 °C alrededor de los centros de datos analizados.
Recibió
críticas metodológicas del divulgador independiente Andy Masley, el
analista de la consultora Omdia Vlad Galabov y el
investigador de la Universidad de Bristol Chris Preist, que coincidieron en un mismo punto: el estudio no separa el calor que producen los servidores en funcionamiento del que se acumula simplemente por reemplazar vegetación con techos y pavimento. Masley apuntó a que el paper tampoco compara con otros tipos de construcción comercial y que la resolución del sensor MODIS utilizado (1 km por píxel) impide distinguir el centro de datos de su entorno.
El análisis de Amenaza Roboto usó Landsat, con una resolución 33 veces mayor, controló todos esos factores, y es, según la revisión de literatura realizada, el primero en aislar ambos componentes.
La industria global de centros de datos consume más electricidad que muchos países enteros. A diferencia de otras instalaciones industriales, un centro de datos convierte prácticamente toda la electricidad que consume en calor y lo disipa desde un solo predio, de forma continua, las 24 horas del día, los 365 días del año.
Uruguay se posiciona como un polo regional para este tipo de infraestructura. Antel opera tres centros de datos —Pando, Pocitos y Lezama—, equipará una cuarta sala en el de Pando, construirá dos nuevos, uno en Aguada y otro en un lugar a determinar. Google construye el suyo. Según fuentes del sector, se proyectan tres instalaciones privadas adicionales. Sus promotores afirman que estos proyectos traen inversión económica, empleo y desarrollo de infraestructura digital.
Cuando se discute el impacto de los centros de datos en el medio ambiente, el debate público suele concentrarse en el consumo de agua y de energía. El efecto térmico sobre el entorno, el calor que estas instalaciones depositan sobre las comunidades que los rodean, no aparece en la conversación. Los datos demuestran que ese impacto existe, es medible, y no se estaba monitoreando.
Ahora hay una medición y una línea de base para lo que viene. El calor detrás de la nube ya no es invisible y se detecta desde 700 kilómetros de altura.