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Nuevos Medios, Viejas Preguntas

El Señor de los Círculos Concéntricos, Episodio III

Por Salvador Banchero
¿Ser o no ser mi propio algoritmo?

Esa es la cuestión.

El término "serendipia", cuya raíz etimológica llega hasta Serendip, un viejo nombre persa para referirse a lo que hoy conocemos como Sri Lanka, apunta a esos descubrimientos accidentales o inesperados. Esos hallazgos valiosos en su naturaleza casual cuando inicialmente se está buscando una cosa diferente, cuando no hay relación entre lo encontrado y aquello que se busca.

Si bien es un término que se acuñó originalmente en inglés unos tres siglos atrás, luego de caer en desuso por mucho tiempo resurgió más recientemente con espíritu renovado. Pero me resulta inevitable preguntarme si su comeback tendrá tal vez algún vínculo con el hecho de que este tipo de hallazgos sean cada vez menos frecuentes para nosotros.

Hablemos de contenidos.

¿Cuándo fue la última vez que descubrimos algo que realmente no guardara relación alguna con lo que buscábamos? ¿Cuándo fue la última vez que tropezamos con un hallazgo que no guardara algún grado de cercanía con lo previo? ¿Tal vez aquel día en que fuimos a una librería y nos encontramos casualmente con un libro fascinante en los estantes? Tal vez sí. Pero tal vez no. Veamos…

Hemos hablado de esto ya. Vivimos apoyándonos en herramientas algorítmicas que nos disponen un universo visible y personalizado de aquello que podríamos querer consumir. Google, Netflix, YouTube, Facebook, Spotify, Amazon, y una larga lista de plataformas y redes sociales funcionan de este modo.

Antiguamente, el total del criterio de selección editorial descansaba en un método de apreciación humana. Una o varias personas, en ocasiones auxiliadas por herramientas de análisis (y muchas veces por meros impulsos intuitivos), seleccionaban aquellos libros o discos que pasarían a formar parte de un catálogo editorial, las películas que conformarían la cartelera de un cine, las obras de un teatro o la franja horaria de programación en un canal de televisión.

En nuestros días, aspectos como el horario, las preferencias o incluso las plataformas y dispositivos en los que serán consumidos los contenidos, tienden a centrarse casi exclusivamente alrededor de la preferencia del usuario. Cada vez con mayor frecuencia es el público -y cada individuo en particular- quien decide qué, cuándo, dónde y cómo consumirá aquello que elige.

Nos hemos acostumbrado a pensar que tenemos cada vez más libertad de elección, pero no pensamos mucho en quién o cómo se dispone el menú sobre el que elegimos. Qué cosas quedan fuera de él, qué opciones se resaltan y cuáles no. El concepto de "sugerido" nos va acercando a una realidad psicológica en la que sentimos ser los dueños de un camino o elección previamente diseñada para ser elegida.

Si bien esto podría asemejarse a la lógica de un mago, o un director de cine, también se trata de la construcción de una realidad psicológica mucho más antigua que todo esto: en algún punto de la historia descubrimos que existía una gran ventaja y diferencia entre el intento de persuadir la elección de un número limitado de caminos entre todos los posibles y ofertar sólo aquellos caminos que queremos que se elijan pero ofreciendo "total libertad" de elección.

Cada plataforma cuenta con su propio modelo algorítmico que, entre otras cosas, se va nutriendo de nuestra propio historial de consumo. Va edificando una idea de cada uno de nosotros basada en nuestra propia historia. Es decir, cuanto mayor sea la cantidad de información que podamos proveer, cuanto más lo usemos, deberíamos suponer una mejora de la herramienta cada vez más personalizada a nuestros propios intereses. Intereses que, recordemos, aplican estrictamente a aquello que ha llamado nuestra atención hasta ese momento. El algoritmo pretende -y en ocasiones logra- predecir nuestro potencial interés en algo estableciendo vínculos entre nuestro historial y la oferta disponible. Pero no suele ser muy eficiente para ofrecernos opciones que escapen a esto, nuevas puertas hacia diversos e insospechados intereses que aún no tenemos.

Pero, tranquilos, todavía puede ponerse peor…

Una de las tesis centrales de Homo Deus, el bestseller del historiador y ensayista israelí Yuval Noah Harari, plantea la convergencia actual de la ciencia moderna en afirmar que los organismos biológicos -los seres humanos entre ellos- somos finalmente algoritmos de naturaleza orgánica. Sistemas orgánicos -más o menos sofisticados según la especie- en los que el procesamiento de datos opera traduciendo diversos algoritmos bioquímicos, modelados por genes, hormonas y neuronas, en emociones, reacciones, decisiones, etc.

Esta idea, que como bien sostiene Harari es hoy contemplada por la ciencia moderna como una suerte de "dogma", abre la puerta a preguntas tan incómodas como maravillosamente desafiantes.

Si estamos determinados por estos algoritmos bioquímicos, modelados por genes, hormonas, neuronas y presiones ambientales que resultan en una serie de reacciones, decisiones y emociones reflejadas como actividades eléctricas en nuestro cerebro: ¿qué cosa nos hace ser nosotros? ¿Dónde está la elección si finalmente somos a la vez el cine, los directores y los espectadores de una película previamente rodada? Y en todo caso, ¿quién de todos ellos es el espectador que asume como verdadera la ilusión del libre albedrío? Porque ese es el más interesante de todos.

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